El desapego

Pasaron 30 años desde que partí de la casa de mis padres a construir mi propia historia y hogar. En este tiempo mis espacios se llenaron de muebles, libros, ropa, papeles y cachivaches que le daban sentido de existencia real al afuera.

Necesarios o no tanto, me fui apegando a ellos y trasladándolos de un lado a otro, cual caracol que arrastra su hogar al hombro.

El año pasado, durante el viaje de inicia a esta aventura, me di cuenta de la cantidad de cosas que había llevado y el peso de la materialidad. Recuerdo que en una parte del camino comencé a desprenderme de algunas porque el peso se hacía insostenible.

Esta vez sabía que iba a viajar más tiempo y que no quedaría un lugar específico donde pudiera o donde quisiera dejar mis cosas.  Mis hijos necesitarían armar su propio nido y yo no quería invadir su espacio de futuro. Mis padres ya lograron hacer el traspaso generacional y no podía volver ese ciclo atrás hacia le pasado. 

Me di cuenta que estoy literalmente o eso creo, en el medio de la vida, y mi realidad es mía, también con lo que ella contenga. Era importe hacerme cargo.  

Atravesar el desapego de lo material me costó más en la decisión que en la acción. A veces pienso que le he dado demasiado valor, incluso emocional, a las cosas. Me doy cuenta que cada objeto, lugar, persona, ratito de la vida, está guardado en la memoria. Es el único bien preciado que le pido a Dios no perder. No niego que otros días que me siento Funes, el personaje de Borges, queriendo visitar un poco más el olvido.

Fue un trabajo de repasar cada rincón, cajón y recoveco olvidado. Las cosas se hacían historias. Fue recuperar vida y con un escaneo emocional sentir que algunas atravesaban mi alma y se quedaban allí y otras ni siquiera sabía cómo habían llegado a estar en el lugar que les había otorgado.

Luego de todo el proceso de donar, regalar, devolver a sus dueños, y vender. Hice inventario de las preciadas cosas, que quedarían en custodia de mi madre y mis hijos y cual niña que anota en un cuaderno nuevo la contabilidad de sus pertenencias, escribí: 

Mis herramientas de cerámica. Por sí al decidir amarrar en algún puerto se me da por mi antiguo amor: el barro 

Dos cajas de libros, de esos que no se pueden dejar por ahí porque dicen demasiado de uno mismo.

Documentos como registro de identidades y pertenencias. 

Un par de vestidos de fiesta y sandalias, con los que juego cada tanto a ser dama por una noche. 

Una casa que alquilaré y será siempre un medio más que un fin. 

La imagen de la virgen de Luján. Con sus grietas y todo que me acompaña desde que tengo 20 años. Ahora tengo una más pequeña que podrá venir conmigo a todos lados. 

Una pequeña caja con relatos y fotos. Por si algún día me falla la memoria y necesito recordarme.

El resto cabe en mi mochila. El resto se va conmigo. 

En el desapego, hay un movimiento de autonomía implícito, cuanto menos dependo de la materialidad más me apropio de mi capacidad para generarla cuando la necesite, para ser creativa.

En este acto la vida me invita a vivir plenamente en el presente. Soltar el pasado sabiendo que mi alma atesora lo valioso de lo vivido y aventurarme a un futuro en construcción constante para lo cual tengo mis herramientas internas y el aprendizaje de como usarlas. 

Es una elección de vida y así lo vivo. 

Cada una de nosotros tiene un llamado, y este es el mío en este momento. De repente, me pregunté: ¿Y en qué momento me di cuenta? 

Cuando escuche a mi alma que me susurraba al oído: ¿Juli… y sí caminamos la vida, más ligeras de equipaje?

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