Mi lugar seguro
Nombrar la palabra nómade automáticamente despierta las cataratas de imágenes y palabras acerca de la incertidumbre, la inestabilidad, la inseguridad, lo incierto.
Automáticamente también trae la palabra valentía, casi escondiendo en sí misma la palabra riesgo.
Cuando atravesé el desapego de mis cosas, algo de esa sensación se reactivó. Cada día cuando cambio de espacio para trabajar, para vivir y para andar algo de esa vuelve a mí.
Sin embargo, al mismo tiempo, no me siento a la deriva. Y entonces me pregunto que hace que en los contextos más inciertos me sienta segura, y que en otros momentos en los contextos aparentemente más estables me haya sentido tan insegura.
Y me di cuenta que es la seguridad de saberme en vínculos donde soy vista, recibida, escuchada, amada. Tengo hogar porque tengo lugar en mí y en otros.
En este tiempo trabajé en mí e integré, algo que he repetido casi en automático a mis consultantes hasta ahora: tener u n sentido de pertenencia es tener un lugar seguro en uno mismo y en otros.
Mi hogar es donde yo esté, mis vínculos van conmigo, me pertenecen, me habitan.
Mi hogar es mi cuerpo, mi corazón y mi alma. El resto son sólo lugares, espacios, actividades y roles que tienen sentido para mí en determinado momento de la vida.
Lo que cambia está ahí afuera, lo que permanece está aquí adentro. Este es mi lugar seguro y estoy bien.
Hay lugares, situaciones, experiencias que llegan la vida sin que estén en los planes. Que simplemente surgen así́, donde hay un vacío o donde otro plan no funcionó
Cuando arme mi ruta de mochila por España, Francia e Italia me parecía fascinante llegar a París, desde allí cruzar a Austria y reingresar a Italia por Venecia, por en tren… mentalmente soñado.
Milán quedaba en el medio de todo aquello, pero no parecía tentador.
Las cosas cambiaron y el 2 de julio de 2023 quedará marcado en mí como el día de soltar el plan.
Algo en mi intuición me decía que ese plan milimétrico que había armado eras demasiado arriesgado. Era irrisorio cuando leía que a las 3 de la tarde del 9 de julio iba tomar un helado en Florencia. Aparentemente todo era perfecto, no había lugar para ningún cambio, y si Francia sabe de algo es de como hacerte la revolución.
La noche había sido larga en bus desde Girona (España) a Marsella (Francia), desperté pasando por Aviñón y su famoso puente de la canción infantil. Al llegar, la estación tren era un regadero de gente de diferentes idiomas, que corrían por doquier.
Mi imagen de una mañana desayunando croissant al lado del mar cayó por tierra. Eso parecía más Retiro o Constitución que Marsella. A los pocos minutos charlando en mi poco entrenado francés con un policía me dijo me subiera al primer tren porque estábamos en medio del caos social. Logre adelantar mi tren y termine en la Provenza. En Aix de Provenza todo volvió a ser soñado, camine oír la feria de los sábados a la mañana. Los aromas y los sabores te hacen soñar y volar. Música de fondo en vivo hacían un marco espectacular.
Tomé un auto y me fui a un campo de lavandas, donde me maravillé con su aroma y los productos que de allí́ surgen. Ya de regreso camino a Niza para de allí pasar a Italia, cronométricamente tomaría dos colectivos que me depositarían en mi alojamiento en Savona, o al menos eso decía mi plan.
El tiempo en Francia nunca es el tiempo del reloj, pensé que era un clishé y me di cuenta que es real. El viaje tardo dos horas más de lo planeado, y al entrar en la terminal del aeropuerto de Niza vi ante mis ojos como mi bus a Savona en Italia partía ante mis ojos.
Nuevamente caos. Uno piensa en Niza e imagina glamour y perfume francés. Eso era caos, personas llorando y corriendo desesperadas.
Me acerco al mostrador del aeropuerto y pido que alguien me explique en Español que pasaba. Me dicen tenés una hora y media para salir de Francia porque se decretó “estado de sitio” y no tenés alojamiento en Francia.
No había vuelos disponibles, sólo sé que la intuición me hizo tomar un tranvía, me bajé cuando ví una estación de tren y al mirar la pizarra vi un tren a Ventimiglia, primera ciudad de Italia. Unos canadienses me sacaron el pasaje porque lo tarjeta no funcionaba y me subo al tren de la costa azul sin saberlo. El mejor paisaje, en el peor momento. Aun así́ ese azul turquesa quedará ganado en lo memoria por siempre.
Al llegar a Ventimiglia el regadero de casitas por la ladera de la montaña como en un cuento y yo huyendo. El tren arribando al andén y yo no sabía muy bien que iba hacer eran las 10 de la noche, yo tenía alojamiento en Savona. Al mirar al andén de al lado, en 2 minutos salía un tren a Savona. Dí un salto de un tren a otro, sin boleto porque no había tiempo. Viaje de polizón por Italia en medio de la noche rogando que nadie me pidiera el boleto.
Dos horas más tarde arribaba a Savona…ya soñaba con una ducha caliente y un buen plato de spaghetti al pomodoro. Tomé un taxi al alojamiento, un lujo mochilero pero lo ameritaba. A pocas cuadras descubrí que en los pueblos pequeños de Italia a las 11 de la noche todo el mundo duerme. Y la persona que me tenía que recibir aparentemente también.
Unos “tanos” maravillosos que estaban cerrado un restaurante me ayudaron a intentar buscar otro alojamiento sin suerte. Es así́ que llorando del agotamiento, pero sabiendo que esto también era parte decidí volver a la estación de tren para pasar la noche allí. No era una estación glamorosa europea era una simple estación de tren.
Me pregunté ¿Qué haces si estás en un lugar que parece peligroso para no llamar la atención? Te camuflás, y eso hice, tiré mi mochila y mi manta en el piso me tape con un toallón y dormí esa noche ahí entre otros “sin techo”.
En mitad de la noche un ruso o alguien que hablaba un idioma con muchas k, intentó pedirme algo y yo me asusté y salté a los gritos hablándole e insultando en italiano. “Porca miseria. Morto difame…. Fuori, fuori”. Evidentemente mi locura fue creíble, porque no volvió́ a acercarse. Me dormí́ abatida. A las seis de la mañana la glamorosa estación de TrenItalia que estaba a 100 metros de distancia, abrió sus puertas
La gente comenzaba a caminar casi pisándome y yo desperté. Con la dignidad que me quedaba, me levanté, me di una ducha caliente en un baño de la estación, un capuchino y cornetto salvaron mi mañana.
Ese día yo debía viajar a París, luego de visitar el pueblo de mis nonos. Estaba en Ceva, me di cuenta que debía parar, dejar de querer forzar el plan. Pensé que tal vez en esa misma plaza mis nonos muchos años atrás también tuvieron que irse de ese paraíso para aventurarse al mar y a una nueva tierra porque lo que la guerra había cambiado el plan. Sentía que debía aprender de eso.
Dije voy a seguir la ruta de mis nonos y me fui a Genova. Y desde allí luego de descansar un par de días a armar un nuevo plan, que trajo sorpresas maravillosas como Milán que ya les contaré.
La noche de Savona me enseñó mucho, sobre todo a que cuando las cosas se ponen feas siempre hay un faro, como el de Genova para encontrar nuevos horizontes y animarte a soltar el plan.
